Dos vecinos de la Ciudad de Buenos Aires y tres argentinos que viven en el exterior  relataron a Página/12 las sensaciones contradictorias que vivieron desde que les diagnosticaron el contagio de al covid-19 hasta recibir el alta médica. Aunque se trata de casos con síntomas “menos graves incluso que una gripe fuerte”, de todos modos pasaron por “el miedo a contagiar a familiares y a otras personas”, más el temor a ser discriminados por haber tenido la enfermedad. Uno de los entrevistados consideró que es “comprensible el pánico que genera una pandemia que contagió a millones de personas en el mundo y que puede provocar la muerte”.

Uno de los pacientes recuperados se ofreció para donar sangre con la finalidad de aportar datos para la investigación científica del coronavirus por parte de médicos que trabajaron en el estudio de la Fiebre Hemorrágica Argentina, conocida como el Mal de los Rastrojos. Mientras los dos pacientes locales elogiaron “el trabajo que vienen realizando los trabajadores de la salud”, los argentinos en el exterior señalaron que tanto en Holanda como en Suiza, donde residen, los controles “son mucho más relajados y sólo se les da un seguimiento estricto a los casos de pacientes con patologías previas”.

Héctor tiene 42 años, es contador, y regresó a la Argentina siendo portador del coronavirus, luego de un viaje a Italia. “Después de volver al país desarrollé síntomas a los diez días. Eran síntomas muy leves, solo dolor de garganta y un poco de fiebre, por suerte nunca tuve derivaciones pulmonares”. Su retorno se produjo a fines de febrero, “cuando todavía se hablaba del virus como algo lejano para nosotros, pero a los pocos días salió la resolución que decía que los que habíamos vuelto de un viaje al exterior teníamos que guardarnos en nuestras casas”. A los dos días de estar “guardado” empezó con los síntomas.

“Me hicieron el hisopado (orofaríngeo y nasofaríngeo) y quedé internado, aislado, en una clínica”. Durante cinco días estuvo con síntomas, con fiebre, pero sin llegar en ningún momento “a una situación de gravedad, sin necesidad de respirador ni ninguna otra medida extrema”. Definió que tuvo “una gripe leve”. Otro paciente afectado “me comentó que había tenido gripes más fuertes y es lo mismo que me pasó a mí, en cierto modo”.

Ya internado, le hicieron dos hisopados más cuyos resultados tardaron alrededor de una semana y recién en ese momento “me mandaron a mi casa con aislamiento total”. Héctor vive con su familia en un departamento de la Ciudad de Buenos Aires y pide reservar datos más precisos para evitar problemas. “Después vinieron los resultados negativos (sin huellas del virus), pero de todos modos los médicos del Ministerio de Salud me pidieron que mantenga el aislamiento”. Dos semanas después de su salida de la clínica, después de 17 días sin síntomas, “entré a la cuarentena como cualquier persona, porque ya estaba curado”.

Dijo que “por suerte, nadie de mi familia tuvo problemas como los míos”. Sostuvo que no tiene “la fantasía” de una recaída porque “no la hubo en el mundo y lo mío fue leve, duró en total unas tres semanas hasta que me dieron por curado; si tarda más es como le pasa a Boris Johnson (el premier británico) y eso quiere decir que estás en problemas”.

Resaltó que la primera semana estuvo “aislado cuando los resultados de los análisis eran negativos y sin síntomas, pero los médicos decidieron que siguiera internado porque como se sabe poco de la enfermedad, preferían errar por el lado de la cautela”. En cuanto al aislamiento posterior al alta “no tuvo un costo tan alto, no podía salir a tirar la basura”. Recordó que tuvo la oportunidad de hablar “con una persona que tuvo neumonía y que la pasó peor que yo. De todos modos te queda una sensación de desasosiego, porque aunque esa persona, al igual que yo, no contagió a nadie, viviste esa sensación de temor de trasmitir a otro la enfermedad, sobre todo porque hay un plazo durante el cual se puede seguir trasmitiendo el virus”.

Sobre los casos de discriminación hacia los pacientes e incluso hacia los médicos que combaten la pandemia, admitió que “un poco lo entiendo por el miedo, por toda la prensa que tiene esto. Es una pena que ocurra, pero hay que tener en cuenta que se conocen los datos, que hay mil y pico de casos en el país, pero hay millones en el mundo, que hay gente que se muere y eso produce una sensación fea”. Estimó, de todos modos, que “con el tiempo va a seguir el miedo al contagio pero ya no habrá tanto rechazo. Es muy raro el rechazo porque hay 1.500 casos en un país de 45 millones, pero creo que cuando se vaya conociendo más, eso va a desaparecer”.

Consideró lógico que la gente reaccione mal frente a lo que está pasando en Europa, en países desarrollados, “donde se enferma hasta Boris Johnson, se agita el miedo a lo desconocido”.

De la charla surgió el recuerdo de la irrupción del sida. “Tengo presente las tapas de la revista Libre, cuando se hablaba de ‘la peste rosa’, de los homosexuales en el centro de la mira, es el miedo a lo desconocido, pero me parece que hoy, con la velocidad que ha adquirido el coronavirus, el impacto se va a ir reduciendo”. Señaló que la difusión que tiene la enfermedad “hizo que nos olvidemos del dengue, yo conozco más casos de dengue que de coronavirus”. Elogió la campaña del Inadi para resaltar la labor de los médicos y enfermeras. “Me parece que hay que empezar a hablar de la gente que nos hemos curado, de los que se curan, como ocurre en Europa con el tema de los pasaportes, para acreditar que ya lo tuviste y que estás curado. Como se piensa que ahora sos inmune a la enfermedad, eso te acredita para laburar, para monitorear, para cuidar gente como voluntario”.

Por esas razones “con otra persona que también tuvo coronavirus, nos queremos ofrecer para donar sangre para contribuir a las investigaciones que se están realizando para analizar el plasma con los antecedentes de las investigaciones que se hicieron en el país sobre el Mal de los Rastrojos, la fiebre hemorrágica”. Recordó que “se están haciendo pruebas en Estados Unidos y en Argentina, donde un grupo de médicos quiere realizar pruebas de laboratorio”, para encontrar fórmulas que puedan servir para combatir el coronavirus.

“Nosotros nos estamos ofreciendo para donar sangre para que se estudien nuestros casos y se avance en ese camino. Es una forma de retribuir lo que hicieron por nosotros, para que nos podamos curar”.

Juan Pablo Cambariere, de 47 años, es un prestigioso diseñador gráfico que trabajó veinte años en Página/12 y en el suplemento NO. Lo primero que aclaró es que hoy está “perfecto y nunca estuve muy mal, fueron quince días, y empecé a sentir los síntomas justo la noche en la que anunciaron la cuarentena”. Se empezó a sentir mal y “recién al otro día tuve fiebre, lo máximo que tuve fue 37.7, y mi viejo que es médico me dijo que no tome nada a ver si se va sola y se fue sola”. De todas maneras, la semana siguiente se sintió “con dolor en todo el cuerpo, justo después que mi hija más chica estuvo con esos estados virales que a veces les agarra a los chicos”. Habían ido al Hospital Alemán, donde le hicieron un hisopado, pero “ella no tenía nada, de manera que ni le dieron un antibiótico”.

Eso lo llevó a pensar que él también tenía un cuadro viral “hasta que el domingo 29 (de marzo) me agarró mucha tos y ahí volví a llamar al 107 y a mi viejo, que consultó con especialistas que trabajan con él y me dijeron que vuelva a ir al Alemán”. Allí le detectaron neumonía y le dio positivo el test del coronavirus. Todavía no tiene claro cómo fue que se contagió. “El año pasado viajé varias veces al exterior, pero eso fue antes de la pandemia, porque la última vez que salí del país fue hace seis meses”. En las semanas anteriores a los síntomas había ido a ver una obra de teatro y había estado en algunos bares del barrio de La Boca “donde siempre está lleno de extranjeros que vienen a Buenos Aires por dos o tres días y que obviamente no estaban guardados, de manera que pienso que fue así como me contagié, pero no tengo ninguna referencia concreta. En el teatro estuve en los días previos a la cuarentena y había unas cuarenta personas, de manera que también pudo haber sido ahí, pero no lo sabemos”. Se ríe cuando dice: “Vi lo que estaba pasando alrededor, en el teatro, y me dije ‘esto no está bien’, pero ya estaba hecho”. Pudo haber sido en cualquier lado, incluso en el supermercado de su barrio.

“Una de mis hermanas fue la primera que contó lo que me había pasado. Al principio la quería matar, pero después subí un video y conté todo porque ya era público y todo el mundo me llamaba pasar saber cómo estaba”.

Como trabaja con distintas publicaciones, “me agarró la paranoia porque pensé que no me iban a pasar laburo para cuidarme porque estaba enfermo, pero yo seguía trabajando, no dejé en ningún momento de trabajar”. El video lo hizo también “para agradecerle a todo el personal del Hospital Alemán, porque me atendieron muy bien, de manera que salí a hablar, aunque sé que hay gente que no quiere hacerlo porque tiene terror a que los discriminen” por haber tenido el virus.

“La única experiencia chota que tuve fue cuando estaba llegando al Alemán, en bicicleta”, porque “entre subir a un taxi y contagiar al chofer o ir en colectivo, fui en la bici”. Tres cuadras antes de llegar al hospital “me paró un policía y antes de que se me acercara le dijo que estaba con tos, que iba al Alemán para hacerme atender, pero el tipo no me dejaba ir, me tuvo dos horas en la calle, llamando a un fiscal, con re-mala onda, y me decía que me habían tenido que ir a buscar, cuando los médicos me habían dicho que vaya”. Luego de dos horas de esperafue escoltado hasta el hospital por el móvil policial.

Cuando llegó estuvo ocho horas en un cuarto de aislamiento y le hicieron “varios estudios, uno de los cuales mostró que tenía lesiones en el pulmón”. El positivo de coronavirus lo tuvo cuatro días después. Ya había otros “cinco o seis pacientes” con el virus.

Lo que más le llamó la atención fue la cantidad de insumos que se tienen que utilizar. “Cada vez que entraba los médicos que nos atendían, al salir tenían que desechar todo el equipo con el que habían ingresado”, para evitar contagios. Estuvo ocho días internado. Insistiò en agradecer “a todo el personal de hospital” y consideró que el trato recibido “es muy importante porque me sentía bien, pero en la habitación de al lado había un señor de 90 años que se quejaba mucho y ellos están solos y necesitan esa contención que nos dieron a todos, pero de manera especial a la gente que está sola y que necesita ayuda si la cosa se complica”.

AFP

Silvina Lafuente, de 43 años, es argentina, vive en Suiza con su esposo y sus dos hijos. Su marido, Stefan, se contagió del virus en una reunión de trabajo y se lo transmitió a ella. En diálogo con Pagina/12, recordó que el 25 de febrero, cuando se supo del primer caso de covid-19 en Italia, el gobierno suizo “no sabía qué medidas tomar, si cerrar la frontera o no”.

El tema era clave porque “los trabajadores transfronterizos representan más de una cuarta parte de la fuerza laboral total en el Tesino”, una región del sur de Suiza, de habla italiana. “El riesgo de contagio está también en los trenes, que a diario van desde Milano hasta Basilea”. De hecho, su esposo se contagió en una reunión de trabajo en Berna, a la que asistieron personas que venían de Tesino.

Con su esposo, nacido en Suiza, “hicimos la cuarentena en nuestro domicilio, creyéndonos a salvo, pero las cosas se complicaron porque ya teníamos el enemigo adentro”. “Los primeros síntomas fueron fiebre, tos , dolor de cabeza, dolor de garganta, una leve presión en el pecho y dolores musculares. Llamamos a los números de emergencia y siempre nos repetían lo mismo, que nos quedemos en casa”. Las autoridades sanitarias no le hicieron el test y el diagnóstico se lo dio su médico personal.

“Yo también me contagié, pero por suerte, no fue tan fuerte como lo que tuvo mi marido, que comenzó a recuperarse después de dos días y en forma muy lenta. Por suerte los chicos no se enfermaron”. Silvina señaló que las autoridades sanitarias “sólo intervienen con sus equipos en los casos graves, los leves quedan bajo el control de los médicos de la familia”.

Si bien Stefan ya está bien de salud “lo que pasamos fue una experiencia que nos llenó de miedo” por las noticias que llegaban desde Italia y otros lugares de Europa. “Fueron tres semanas dramáticas, porque cuando él empezó a mejorar, caí yo, de manera que no podíamos estar tranquilos”. Contó que “la única alegría que tuvimos en todo este tiempo fue cuando la conejita de mi hija tuvo cría, lo demás es para olvidar”. Las cifras oficiales en Suiza reconocen 23.620 casos y 926 personas fallecidas.

AFP

Luciana Cueto y Adrián Van Der Spoel son dos argentinos, ella de Rojas, él de Rosario, que viven hace mucho tiempo en Amsterdam. Como en el caso de la argentina que vive en Suiza, el diagnóstico sobre la enfermedad se lo dio un médico personal y no las autoridades sanitarias holandesas, “que no están realizando los test de coronavirus en forma sistemática, de manera que no se sabe muy bien cómo es la forma en que se determinan las cifras que se dan a conocer oficialmente”. Como ocurre en Suiza, la prioridad está puesta en la atención de los casos de gravedad.

“A nosotros el médico nos atendió por teléfono, cuando le trasmitimos los síntomas nos dijo que es coronavirus, pero nos aconsejó quedarnos en casa y no ir a los consultorios donde se hacen los test, porque se corre el riesgo de que contagiemos a otras personas”. Luciana hizo el relato con la voz totalmente tomada.

En Holanda hay 23.000 personas contagiadas y cerca de 2.500 muertos sobre una población de 17 millones de personas. “En Amsterdam la prioridad es para las personas con patologías previas, las restricciones no son tan estrictas como en Argentina, la gente puede salir a la calle con mayor frecuencia, aunque le aconsejan quedarse en la casa, sobre todo si tienen algunos síntomas del virus”. Tanto ella como Adrián se encuentran “mejor, pero la verdad es que tenemos los síntomas propios de la enfermedad, pero no contamos con la certeza del test porque acá los controles son mucho más relajados que en otras partes del mundo”.